La novela arranca con la aparición del cadáver de un adolescente en un estanque del parque Juan Carlos I de Madrid durante el verano de 2010, mientras la selección española de fútbol estaba jugando el Mundial.
Se encarga del caso la comisaria Ruíz, pero pronto aparece el cadáver de otro chico, esta vez el la playa de Oyambre, en Santander.
Ambos jóvenes tenían en común un pequeño y curioso tatuaje, por lo que la comisaria sabe, desde el primer momento, que ambos casos están relacionados.
Y así comienza a investigarse una historia de abusos perpetrados durante mucho tiempo y silenciados por la Iglesia.
Se lee bien, pero creo que, a estas alturas, le falta originalidad. No me ha sorprendido con nada nuevo.

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